Pecados

Valery (Tra edition)
ISBN-10: 8496692671
ISBN-13: 978-84-96692-12-1
Erótica Regencia
Título original: SIN ♦ Primera edición: Febrero 2007
El arte erótico no es algo desconocido para Venetia Hamilton —las pinturas exuberantes de su padre son uno de los placeres secretos de la sociedad—. Sin embargo, Venetia nunca había experimentado un verdadero deseo hasta que conoció a Michael Wyndham, Conde de Trent, un hombre poderoso que tiene el futuro de ella en sus manos y despierta su curiosidad con un intenso beso. Su hábil tacto es sólo el comienzo de la enseñanza carnal, pero es posible que el precio que tenga que pagar por ese placer inimaginable sea aún más peligroso que el sometimiento…
Sobre la autora
Sharon Page es escritora, esposa y madre de dos niños; posee un título de diseño industrial y también dirige un programa de investigación y desarrollo científico. En la escritura de novelas de libertinos eróticos y vampiros seductores de la Regencia encuentra la manera perfecta de escaparse de su mundo técnico.
Leer el capítulo uno
¿Qué haría su fatigado lord con las manos mientras la encantadora cortesana se arrodillaba entre sus piernas y lo besaba íntimamente?
Venetia Hamilton se golpeteó los labios con la punta del pincel mientras estudiaba la acuarela. Aunque su conde, sí, había decidido que fuese un conde, era un hombre de lo más experimentado, esta vez había encontrado su par en la encantadora mujer de cabello cobrizo que lo complacía.
No podía evitar una sonrisa al imaginar su sumisión en el ruedo en el que se creía supremo soberano. Su lord estaba tan hundido en el vicio que los actos sensuales convencionales le resultaban sumamente aburridos y, por hastío, pasaría a ser un mero espectador de su propia seducción.
En la mano derecha, Venetia dibujó una copa de champagne pues estaría ambientado en el palco de teatro de la hermosa mujer; en la izquierda, una naranja pelada, que ella le había dado, del tamaño de un pecho generoso, suficientemente grande como para llenársela. No, decidió que el conde no tocaría a la mujer, pero en su expresión… allí había decidido reflejar no sólo deseo, sino el creciente deslumbramiento y deleite de un corazón abierto, abandonado a los placeres que se le ofrecían. Dirigió su atención al público, ya que las partes íntimas del conde serían acariciadas de tan atrevida manera frente a todos los espectadores del Teatro Drury Lane. Ah, las expresiones en los rostros resumirían la historia: las matronas simulando estar escandalizadas, cuando en realidad, estaban extasiadas ante sus magníficas proporciones, sus formas exquisitas, sus rasgos hermosos; envidia en los rostros de los maridos; y miradas lascivas en los miembros de la multitudinaria orquesta.
Ahora debía concentrarse en la expresión del conde. Capturar el creciente asombro en su rostro al descubrir que el acto que había experimentado miles de veces, al menos le resultaba nuevo y especial, maravilloso una vez más.
Con respiración entrecortada, volvió de su traviesa fantasía a la realidad de su pequeño estudio. Cuando dibujaba, se convertía en parte de la escena, no como participante, sino como una figura en las sombras que, con el pincel, contaba una historia de vida a través de un momento erótico.
Su cuerpo vibraba de deseo, sufría a causa de él. Debería estar avergonzada de admitirlo, pero no era en absoluto lo correcta que debería, de acuerdo con la educación recibida de su madre… Después de todo, era hija de su padre.
Con un suspiro, Venetia hundió el pincel en la vasija y lo retorció hasta que el agua adquirió un tinte rosado, iluminada con la débil luz del sol de primavera que se filtraba por el cristal de la ventana. En su vida, los únicos bribones de cabello azabache vivían en los lienzos apilados en los angostos estantes de su estudio, escondidos bajo muselina.
Sabía perfectamente que el amor era insensatez de mujer. Los libertinos nunca cambian realmente.
Un golpe brusco en la puerta hizo que casi derribara el vaso de agua. Se repitieron los golpes. Luego, una voz sin alien-to: ¡Por todos los cielos, señorita Hamilton!
Apenas tuvo tiempo para poner el atril enfrentado a la pared para esconder la escandalosa pintura, justo cuando la señora Cobb atravesó el umbral.
La señora Cobb jadeaba debido al rápido ascenso de la escalera. Con las mejillas enrojecidas y la cofia ladeada, le extendió una tarjeta.
—Hay un caballero que desea verla, madame. ¡Un caballero que quiere verla a solas!
«¿Qué caballero?, ¿Sería su padre? Por su apariencia, Rodesson podría parecer un caballero, sin embargo, no se atrevería a visitarla.»
El ama de llaves se enderezó la cofia. — ¡El conde de Trent, madame! Lo conduje hasta la recepción. ¿Té? ¿Debo preparar la tetera?
El corazón de Venetia parecía zapatear una danza frenética en el pecho. Empujó la silla hacia atrás, arrebató la llave del estudio y, en un santiamén, cruzó la habitación para coger la tarjeta. Deslizó el pulgar por el papiro de gruesa textura grabado con un escudo. Detuvo la mirada en el título de letras remarcadas. Realmente decía: Conde de Trent.
Incrédula, se recostó bruscamente contra el marco de la puerta. ¿Cómo podía ser que el Conde supiese quién era ella?
La señora Cobb espió sobre su hombro, aguardando una decisión respecto del té mientras que Venetia con manos temblorosas, cerraba con llave la puerta del estudio.
—No… té— balbuceó. Levantándose las faldas, atravesó apresuradamente el pasillo de una forma totalmente inadecuada para una señorita. Aunque estuviese lanzándose hacia el desastre, quería saber de qué se trataba.
Se precipitó tropezando con la señora Cobb quien corría tras ella, sin poderla alcanzar.
La idea más descabellada cruzó por su mente mientras se dirigía escaleras abajo. ¿Y si su padre había estado apostando otra vez tratando de recuperar el dinero perdido a manos del Conde? ¿Y si esta vez, era ella lo que Trent había ganado a las cartas? Al alcanzar la puerta del recibidor, se detuvo, se alisó la falda, tragó saliva intentando tranquilizar la respiración.Debía tener cuidado. Si arruinaba su reputación, arruinaría también la de sus hermanas Maryanne y Grace… al menos ellas merecían una oportunidad para lograr las vidas que su madre deseaba para ellas: matrimonio, hijos, felicidad…
Advirtió que el Conde había encontrado el único lugar cálido en el helado recibidor. Tan pronto como dio el primer paso hacia el interior del salón, el frío le atravesó el vestido y le envolvió el cuello desnudo con dedos helados. Ya que jamás recibía visitas, nunca calentaba la habitación. Al menos ahora el fuego crepitaba en la chimenea.
Al notar que el Lord estaba parado tan cerca de las flameantes llamas, temió que una chispa pudiese incendiarle los pantalones. Tenía el codo izquierdo apoyado sobre la repisa de la chimenea, entre los objetos curiosos dejados por el inquilino anterior: dos candelabros en forma de mujeres desnudas y una estatuilla de bronce de su cabalgadura favorita.
Venetia cerró gentilmente la puerta tras de sí, luego se detuvo sosteniendo el picaporte.
El Conde balanceaba el libro abierto que descansaba en su gran mano enguantada mientras que hojeaba las páginas lentamente. La tenue luz del sol daba reflejos azulinos a su cabello negro carbón y bordeaba sus rectos hombros. Aun en esa postura informal, sobrepasaba fácilmente los seis pies de altura y no pudo sino admirar, cómo su delicada vestimenta azul noche destacaba las anchas espaldas, la estrecha cintura y las esbeltas caderas. Los pantalones ajustados resaltaban las magníficas piernas enfundadas en botas hessianas de acabado espejo.
Se puso de puntillas para espiar. Cuadros. El libro contenía realmente cuadros, pero no pudo ver en detalle porque estaba muy lejos. Pero, Cuentos de un lord londinense estaba encuadernado en cuero color borgoña, de idéntica forma que libro que sujetaba esa mano poderosa.
El Conde se detuvo ante una imagen, movió el libro para estudiar un detalle que captó su atención. Venetia sintió un escozor que le ardía en la nuca.
Cuando él se adelantó para que la luz iluminara mejor la página, pudo ver su perfil. Cabello negro azabache, ojos sombreados por pestañas oscuras, rasgos patricios, labios gruesos y firmes.
El estómago le dio un vuelco. Trent era el caballero de oscura cabellera que aparecía en los cuadros de su padre. El hombre que había copiado en su libro. Lo había supuesto un invento del pincel de su padre. Sin embargo, al tenerlo frente a ella en carne y hueso, descubrió el error de su presunción.
Tenía sentido. Rodesson solía asistir a todo tipo de burdeles, orgías e infiernos similares. ¿Por qué no habría de representar a clientes reales? ¿Escenas que hubiese presenc i ado?
Los títulos se arremolinaron en su mente. La bella lady Bound; El harén de la calle Jermyn; El beso francés.
Incluso en El Trapecio, la dama desnuda se encontraba sentada en una barra suspendida sobre la erección del caball ero…
Venetia se presionó el estómago que sentía agitado. Ahora podía notar que su padre había cambiado un tanto la apariencia de lord Trent. Y ella, de forma totalmente inocente y por terrible coincidencia, al querer pintar más agraciado a su Lord, había logrado un parecido más notorio con el hombre real.
Un suave gemido escapó de sus labios.
Repentinamente, el Conde levantó la vista y ella pudo fijar la suya en esos vívidos y hermosos ojos color turquesa que contrastaban admirablemente con las pestañas negras y las cejas rectas.
Esa tonalidad extraordinaria no aparecía en los cuadros de su padre. ¿Podría ella capturarla? Quizás mezclando azul cobalto con un toque de…
—Ésta es mi favorita, señorita Hamilton. Creo que en ésta ha logrado captar mi parecido perfectamente. Un tono peligrosamente divertido vibraba en esa profunda y masculina voz de barítono que la atravesó. —Tiene usted, un notable talento.
«Un notable talento.» Sintió un cálido arrebato de orgullo aunque las rodillas casi le flaquearon.
—Mi…mi Lord. —Logró hacer una reverencia, aunque algo tambaleante, estrujando su sencilla falda gris mientras se inclinaba—. Temo que no comprendo a qué se refiere.
Cerró el libro. Las cejas se arquearon sobre aquellos ojos turquesa (azul cerúleo serviría, mezclado con un toque de amarillo óxido…)
—Su libro erótico en el que tengo el rol principal.


